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viernes

Los fantásticos perros de caza

Veamos algo sobre perros sabuesos y galgos a la hora de irnos de caza…

UTILIZACIÓN DE LOS SABUESOS Y PERROS DE RASTRO

Tradicionalmente empleados para la caza, estos perros están dotados en la mayoría de los casos de una gran asistencia para la carrera sostenida y para la persecución continuada. Su olfato puede calificarse de excepcional en algunas razas como el Bloodhound y en casi todas las restantes, al menos, muy bueno.

Son animales utilizados frecuentemente en jaurías o rehalas numerosas y que deben establecer un sistema muy jerarquizado para evitar las peleas a muerte entre machos adultos. La raza pura mantiene una relativa constante en las características físicas y psicológicas de los individuos que pertenecen a ella. Debido a esto, en muchos países tradición cinegética se han cuidado y potenciado determinadas cualidades de los animales que se deseaba obtener llegando a efectuar cruzamientos entre razas muy dispares. Tal vez en España, donde la caza mayor en su totalidad de montería no tiene equivalencia en ningún otro país del mundo, se han cruzado excesivamente los perros dedicados a estos menesteres, obteniendo perros muy heterogéneos, pero que cumplen perfectamente la finalidad para la que han sido criados: resacar de las manchas de monte los animales, haciéndolos huir en dirección a los cazadores, que aguardan apostados en lugares previamente elegidos llamados puestos.

La composición de cada jauría debe ser numerosa y, según los expertos no menor de una veintena de perros. Estos serán preferiblemente ejemplares de raza pura o cruzamientos con buenas cualidades venatorias y deben haber sido preparados para realizar a la perfección el trabajo que de ellos se demanda. Una importante condición es la estabilidad de las jaurías, es decir, que los perros se conozcan y tengan ya preestablecido su orden jerárquico, que hayan trabajado juntos y atiendan con absoluta obediencia a la llama del perrero.

Las razas de sabuesos presentan peculiaridades generales que las agrupan como óptimos auxiliares la caza en grupo para presas muy variadas. La previa clasificación de sus funciones para caza mayor menor no puede considerarse rígidamente, ya que algunas de es razas ofrecen una versatilidad fuera de toda duda, tanto para caza menor como especies de gran tamaño e incluso animales muy feroces. A mismo, algunos de estos perros pueden cumplir satisfactoriamente funciones de guardería y defensa, poniendo en relieve la polifacética utilidad del perro al servicio del hombre.

SABUESOS NORDICOS

Los perros de origen nórdico Norsk Elghund, Perro de Osos de Carelia y Spitz finlandés, presentan afinidades morfológicas muy notables. Cabeza cónica, maciza y poderosazada media entre los 45 y 60 cm. para los machos. Además su origen, indiscutiblemente procedente de los Spitz nórdicos, les dota de una espesa capa protegida o guarnecida de un subpelo denso y lanoso que les permite afrontar las más frías temperaturas así como el entorno de nieve y hielo. El rabo de todos estos perros se curva en arco sobre el lomo y su estampa es muy similar, entroneando también con los gran des Lulú, también llamados perros de alces.

La utilización de estos bravos y tenaces perros suele basarse en la jauría poco numerosa (entre 8 y 14 ejemplares) que viven conjuntamente desde cachorros o jóvenes. Cuando intentan incorporarse ejemplares machos adultos son frecuentes las peleas que, de no ser interrumpidas, pueden acabar con la vida de uno e incluso de los dos contendientes. La relación entre estos perros es muy similar a la que se establece entre las manadas de lobos. Los cachorros, escasos en cada camada, sufren por las inclemencias del entorno una selección natural muy fuerte y, consecuentemente, sólo sobreviven los más aptos. La frugalidad de su alimentación no es congénita, sino debida a los cuidados someros, a veces casi negligentes, que los cazadores norteños les dispensan en la mayoría de los casos. Por esta razón, y por la ya señalada dureza del clima, la madurez de los perros, en su medio ambiente na tural, llega a los dos años y medio o tres años y su óptimo vital se extiende hasta los seis o siete años de edad.

La jauría se suelta durante la caza, tras el posible rastro de alces, cérvidos e incluso de osos. Los perros, excitados si encuentran vientos de la presa, emiten ladridos cortos, poco sonoros, como para alertar únicamente al cazador. Los perros parten tras la presa, seguidos de los hombres armados. El encuentro con la pieza de caza es todo un compendio de plasticidad, inteligencia y arte venatorio. Estos perros, los sabuesos nórdicos, tratan de acorralar al alce o al oso. En el primer caso, el cérvido gigante tratará de huir en carrera sostenida de sus perseguidores, intentando cortar el terreno por ríos, arroyos y quebradas, pero los inexorables perros, estimulados por la sangre de Spitz que corre por sus venas, no cejarán hasta cercar por completo al animal, al que incluso pueden llegar a dar muerte an tes de la llegada del cazador. El perro jefe de la jauría y el más próximo a la pieza muerden al cérvido en los corvejones y en los ijares. El alce, acosado, trata de desprenderse de sus atacantes, mientras el resto de la jauría lo cerca en herradura. Cuando los perros enganchados a la presa se fatigan o son heridos por la misma, son relevados automáticamente por otros dos o tres, los siguientes en jerarca, así hasta que llega el hombre o, más raramente, hasta que los perros consiguen abatir al alce.

En el caso de la caza del oso, la tarea es mucho menos fatigante, pero más arriesgada. Cuando el rastro del plantígrado es encontrado, los perros se lanzan tras él, de forma más ruidosa; parecen traslucir su excitación por la modulación de sus ladridos, no obstante, profundos y casi inaludibles a media distancia. El oso perseguido intenta la huida, pues su aversión por los perros es algo espectacular. Si encuentra hielo flojo en la proximidad del mar o de gran lago está prácticamente salvado, pues se sumerge en el agua, poniéndose a cubierto de sus perseguidores. Si, por el contrario, está lejos de agua libre o rodeado de nieve, buscará un talud o algún accidente del terreno para esperar a la jauría.

Cuando los perros alcanzan al oso se produce un concierto de ladridos y gemidos muy agudos que se entremezclan con los feroces rugidos de la fiera. Los perros experimentados rodean a distancia al plantigrado, entreteniéndolo con fintas y quiebros, pero siempre ocurre que algunos de los más jóvenes, llevado de su ardor y ciega valentía, acometen al oso a mordiscos. Estos ejemplares suelen morir o resultar malheridos en el encuentro. Por esto es fundamental disponer de una jauría experimentada, a la que se van incorporando cachorros que adquieren experiencia con estos lances, demostrando una extraordinaria aptitud para escarmentar en cabeza ajena. No significa esto falta de valor o cobardía de los perros, sino correcto uso de sus cualidades.

Un jauría suicida pronto verá tan mermados sus efectivos que el oso podrá romper el cerco y huir ante de la llegada del cazador. En ese tipo de caza es fundamental sujetar la pieza y mantenerla al alcance del hombre; pero lo extraordinario de estos sabuesos nórdicos es que efectuaban su trabajo hace mucho tiempo, cuando había que mantener al alce o a los osos a tiro de lanza o de arpón y realizar la labor abnegada de interponerse entre la fiera y el cazador si por azar el oso herido cargaba contra el hombre. Multitud de historias laponas y leyendas noruegas han transmitido de padre a hijos durante las largas noches boreales las hazañas de determinadas jaurías y más concretamente de sus jefes, perros heroicos, bravos y cuya fidelidad al hombre mereció que pasaran al álbum de la tradición.

SABUESOS EXOTICOS

Como tal pueden clasificarse dos razas de perros cuyo parentesco es menos que probable y, sin embargo, son originarios de zonas tropicales y subtropicales del continente africano, nos referimos concretamente al Rodesiano y al Basenji.

La cabeza del Basenji y muchas de sus posturas y actitudes nos recuerdan el aire de los perros de los faraones que están esculpidos en jeroglíficos o inmortalizados en pequeñas estatuas y relieves. Esta raza descubierta a finales del siglo pasado por exploradores ingleses que se internaban en el antiguo Congo (hoy República del Zaire) era mantenida por los indígenas para auxiliarles en la caza de pequeños animales y como centinela de los poblados, ya que con sus ladridos alertaban a los pobladores de cualquier presencia extraña.

El temperamento de los Basenji permite la convivencia en jaurías más numerosas, pues su pasión por el juego inhibe las peleas cruentas y las confrontaciones, aun entre machos adultos, no suelen pasar de al gunos ladridos y mordiscos marcados sin clavar los dientes, ciertas posturas desafiantes y el posterior e inevitable juego. Su ladrido, muy particular, se torna más agudo cuando acosan la presa guiados por su buen olfato. No obstante, estos perros, importados a Europa se han convertido en animales de compañía dejando de desempeñar sus ancestrales funciones.

El Rhodesian Ridgeback, utilizado en Sudáfrica como perro de guardería y defensa, así como sabueso en los safaris, es un animal con un carácter mucho más serio que del Basenji, dulce y cariñoso con sus amos, pero sumamente desconfiado con los extraños y francamente feroz en la caza. Se cuenta que jaurías de cinco o seis ejemplares han conseguido por sí solas dar muerte a un león. Estas hazañas nos resultan incomprensibles en animales tan dóciles con el hombre, pero lo que es seguro es su inmejorable comportamiento en los safaris, siguiendo rastros de las fieras heridas a las que localizan y fijan hasta la llegada de los tiradores.

La característica cresta a contrapelo, en lo alto del dorso, se atribuye según una bella leyenda indígena, al zarpazo de su encarnizado enemigo en la caza, el león. Según esta historia, recogida de labios de un indígena en tiempos remotos, algunas de las aldeas estaban aterrorizadas por la presencia de un león macho de melena oscura que mataba el ganado y también robaba a los niños y jóvenes que se aventuraban fuera del poblado. La amenaza del poderoso felino fue extendiéndose tan rápidamente que los naturales.

LEBRELES Y SABUESOS: PERROS DEPORTIVOS

Estos conjuntos de razas, clasificados en grupos muy dispares, presentan dos analogías fundamentales: Son animales de caza. Los galgos, en parejas o aislados, utilizan su perfecta anatomía de corredores para atrapar liebres y otras piezas pequeñas, con el único auxilio de su velocidad e inteligencia, para cortar los quiebros de la presa. Los sabuesos, en grupos numerosos, acosan la caza mayor y persiguen a su presa sin tregua, a través de terrenos desiguales y durante varias horas hasta acorralar y fijar la pieza.

La otra componente similar, es el carácter deportivo de estos bellos animales, cada vez menos utilizados en sus trabajos naturales, debido al sacrificio económico que representa criar y entrenar una buena collera de galgos o mantener y adiestrar una magnífica rehala de sabuesos de caza mayor.

Son perros que necesitan trabajar y ser entrenados en grupos, y que exigen atenciones y gastos que, hoy en día, muy pocas personas pueden permitirse. Afortunadamente, algu nas sociedades de cazadores, han establecido una especie de cooperativas de batidores y rehaleros, que mantienen algunas jaurías, que comienzan a preocuparse de la pureza de la raza de los perros tanto como del trabajo que realizan.

LOS GALGOS, CAZADORES EN CAMPO

De todas las razas de galgos oficialmente reconocidas por al Federación Cinológica Internacional, únicamente el Greyhound y el Galgo español, se utilizan con profusión en las carreras en campo, persiguiendo liebres vivas o bien, en los canódromos de todo el mundo, tras la liebre mecánica o eléctrica.
En Estados Unidos, se organizan de forma minoritaria, carreras de Afganos, por el puro y maravilloso espectáculo de ver al velocista de los flecos, cortar el viento en rápido ga lope, mientras su espectacular librea se ondula y mece a contraviento. No obstante, hemos de reiterar que, las competiciones de lebreles en trabajo puro, es decir, en campo o como sofisticados señuelos de una ganancia fácil, estrellas de canódromo, cuidados y mimados como famosos atletas, sólo giran alrededor de dos razas de galgos: español e inglés.

Es de justicia reconocer el origen común de las dos razas y la posible existencia de aportes de sangre en una u otra dirección.

Existe, aún no reconocida por la FCI, una raza denominada Anglo-español que, es fruto de cruzamientos seleccionados de galgo español con Greyhound, y que han proporcionado extraordinarios perros de trabajo en las competiciones galgueras.

El galgo español, apreciado, cuidado y casi mimado en el centro y sur de España, no está demasiado difundido en los canódromos de otras partes del mundo que, exhiben preferentemente, ejemplares de su homónimo inglés.

La belleza de las carreras de galgos en campo, conjuga plasticidad, emoción y deporte, ya que el seguimiento a caballo de la collera tras la liebre, supone un magnífico ejercicio de dominio hípico. En este deporte, se aúnan los dos animales más nobles; para el ser humano, el perro y el caballo. La tradición de estas carreras se remonta, al parecer, a los tiempos del imperio romano, en el siglo II de nuestra Era. Se adjudica a Flavio Arriano, la confección y divulgación de un rudimentario reglamento, muy parecido al procedimiento que aún se utiliza hoy en algunas competiciones españolas: un hombre o dos a caballo, que acompañaban la carrera de la liebre y los perros, mientras que el resto, formaba un frente que iba batiendo el terreno hasta levantar la peluda de la cama. Al llegar al final de la extensión prevista, el frente de batidores sigue otro pasillo similar al recorrido, pero en dirección contraria. Cada hombre, debe respetar su puesto en la línea, y si lleva perros, sólo debe soltarlos cuando indique el mayoral de la partida, y en el momento que esta persona señale, para dar a la liebre una oportunidad de ofrecer un bonito espectáculo y de escapar de sus perseguidores.

También se indica en este reglamento primitivo, la conveniencia de no gritar ni vocear durante el transcurso del lance, así como el número de galgos que, debían participar en cada levantada, aconsejando no utilizar más de dos perros para evitar que los animales se estorben durante la competición y permitir que la liebre tenga oportunidad de burlar a sus perseguidores.

Es justo señalar que, la finalidad hoy día, de este deporte, no es la caza y muerte de la pieza acosada, sino más bien, el placer de ver correr los galgos, acompañándolos a caballo por el campo y emocionarse con las incidencias de la persecución, quiebros, recortes, subida de repechos y cuestas, etc.

Este deporte, es cada día más raro y sólo en determinados países subsiste como tal, estando prohibido en otros muchos y siendo prohibitivo en casi todos.
Jueces, batidores, galgueros, caballos y perros, exigen un desembolso económico importante, y por otro lado, las zonas naturales donde podrían practicarse estas carreras, resultan cada vez más escasas y distantes de las grandes ciudades.

Las últimas reglamentaciones vigentes, no necesariamente adjudicaban la victoria de la carrera al galgo que alcanzaba y daba muerte a la liebre, sino que existía un baremo de puntuación así como diferentes penalizaciones. Los jueces de la carrera, eran inapelables y en determinadas ocasiones, su conocimiento del reglamento, establecía fallos, que no eran comprendidos por los espectadores poco avezados, pero la polémica y la discusión civilizada también forman parte del ambiente galguero.

martes

Sobre la caza, los animales y la culpa

La caza, además de su cara deportiva, cultiva una faceta totalmente emocional. La caza no es un espectáculo, es una vivencia; por eso, es tan difícil de definir.

Si habláramos de un evento deportivo al uso, valdría describir o grabar en vídeo el número de capturas como se hace con la altura del salto, el número de goles, o el final del sprint.
Pero, ¿cómo describe usted la emoción ante la postura del perro, cuando intuye que se le va a arrancar en instantes la perdiz y cuando la palpa tras el cobro correcto? Y la caza, como hemos apuntado, es una sucesión incontrolada de sensaciones. La caza forma parte del alma. A los cazadores nos hacen preguntas sobre esos sentimientos, que a mí me resultan muy difíciles de contestar.

La que intitula este escrito forma parte de una batería que suelen hacernos en algunos medios cuando asistimos a un debate con la mejor voluntad, o a un coloquio, donde creemos que aclaramos algo y caemos en un show, en el que nos hacen coincidir con algún fundamentalista que cree que esta pregunta es demoledora. Después te preguntará algunas más, todas con el mismo sesgo. El objetivo es tocar la fibra sensible de los oyentes para despertar la ternura por las bestias y la indignación para con los cazadores. Si no has pensado la posible respuesta, puedes contestar algo que él espera para intentar rematarte con lo de: «Ustedes matan animales porque son insensibles ante el dolor de otros». Pero vayamos a lo que nos ocupa. ¿Que siente cuando mata a un animal? A mí se me ocurren razonamientos colaterales para preguntarle a él lo mismo, ya que todos los humanos —repito lo de todos, incluidos los que nos hacen esa pregunta— matamos muchos animales.

Unos nos son indiferentes, como los miles de insectos que matamos con nuestro coche, o con el vehículo en que usted se desplaza, o pisados en el camino, porque nadie —excepto la secta jainita que lleva una escobilla para retirar y no pisar a los bichitos—se percata de los gusanos, hormigas o escarabajos que hay en la acera. Otros animales, por molestos, nocivos o peligrosos para esta sociedad, de la que forman parte los que preguntan, son exterminados globalmente a base de sofisticadas gamas de insecticidas, o envenenando —palabra maldita en el mundo de la caza— masivamente a toda una población de roedores. Un tercer grupo de animales, que mueren por culpa de todos, lo constituyen la ganadería y la pesca que matan millones de animales para consumo humano (dos millones de pollos se consumen diariamente en España). Por estos tres grupos de infinitos animales, nadie se rasga vestiduras, ni se corta las venas, ni siquiera dice: pío. Y todos los animales son iguales, si no aplicamos el postulado de Orwell, en Rebelión en la granja: «Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros».
Al deportista no le interesa la muerte de la pieza; no es eso lo que se propone. Lo que le interesa es todo lo que antes ha tenido que hacer para lograrla; esto es, cazar. Y el cuarto grupo, que es el menor, lo conforman los animales cazados, que abatimos con muestras de satisfacción durante el ejercicio de la caza. La pregunta nos la hacen precisamente para este grupo. Y tampoco la contesto pues ya lo hizo magistralmente Ortega y Gasset y, si me lo permiten, repetiré literalmente algunos párrafos de sus amplios razonamientos. Dijo Ortega: «La caza, como toda actividad humana, va encuadrada en su ética, que discierne virtudes de vicios.

Hay el cazador bellaco, pero hay también una beatería del cazador. Va todo esto a cuento de esa escena postrera que da fin a la cacería, en la cual la piel generosa de la bestia aparece mancillada por la sangre, y aquel cuerpo, que era pura agilidad, queda trasmutado en la absoluta parálisis que es la muerte ¿Es lícito hacer eso? La idea de que aquella tan grácil vida va a quedar anulada sobrecoge al cazador un instante. Pertenece al buen cazador un fondo inquieto de conciencia ante la muerte que va a dar al encantador animal. No tiene una última y consolidada seguridad de qué su conducta sea correcta. Pero, entiéndase bien, tampoco está seguro de lo contrario».

Para mí el genial filósofo llega a la conclusión posible cuando dice: «Al deportista no le interesa la muerte de la pieza; no es eso lo que se propone. Lo que le interesa es todo lo que antes ha tenido que hacer para lograrla; esto es, cazar. Con lo cual se convierte en efectiva finalidad lo que antes era sólo medio. La muerte es esencial porque sin ella no hay auténtica cacería: la occisión del bicho es el término natural de ésta y su finalidad: la de la caza en su mismidad, no la del cazador. Éste la procura porqué es el signo que da realidad a todo el proceso venatorio, nada más. En suma, que no caza para matar, sino al revés, se mata por haber cazado.
Si al deportista le regalan la muerte del animal, renuncia a ella. Lo que busca es ganársela, vencer con su propio esfuerzo y destreza al bruto arisco con todos los aditamentos que esto lleva a la zaga: la inmersión en la campiña, la salubridad del ejercicio, la distracción de los trabajos, etc. Con esto no se resuelve el problema moral de la cacería, pero es forzoso tenerlo en cuenta. No se ha llegado ni mucho menos, a la perfección ética de la venación. A la perfección no se llega nunca en nada, y acaso ella existe precisamente para que no se le llegue nunca, como pasa con los puntos cardinales. Su oficio es orientar nuestra conducta y dejarnos medir los progresos hechos. En este sentido es innegable el avance logrado en la eticidad de la caza».

Puesto que pensarán que al final yo eludo la respuesta, les diré que a mí me desazona y me produce una sensación desagradable coger un conejo que se convulsiona y zapatea, o una perdiz aleteando en los estertores de la muerte. Sin embargo, cuando caen fulminados, o ya no se mueven, su tacto me da una sensación agradable de final de un buen lance, me resulta un bello bodegón para regalar a un amigo, o si es para mi consumo, el presagio de un excelente guiso. Sin ningún remordimiento.