Mostrando entradas con la etiqueta cazadores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cazadores. Mostrar todas las entradas

viernes

Las escopetas de caza: las medidas de la culata

En este artículo trataremos algunos aspectos sobre la culata, una parte importante de nuestra escopeta que causa auténticos quebraderos de cabeza a muchos cazadores y tiradores, que intentan conseguir la culata idónea para sus medidas.

Una vez que el profesor de tiro haya tomado buena nota de la forma de tirar del cazador, será el momento de utilizar una culata de tiro con culata regulable para conseguir las medidas exactas y que mejor se adapten al cazador.

La parte de la escopeta de caza y tiro a la que más atención presta la mayoría de los cazadores es la culata, ya que desde siempre estamos acostumbrados a achacar a ésta nuestros fallos y aciertos en el tiro.

Sin dejar de reconocer la exageración, hay que admitir que la culata tiene su importancia, pero no conviene cederle todo el protagonismo. Para mí el éxito en el lance está condicionado por un conjunto de factores, entre los que destaco el control mental a la hora de efectuar nuestros disparos en la jornada de caza o en el campo de tiro.

Las medidas ‘ideales’ de una culata

Podríamos decir que la culata idónea para nosotros será aquella que nos aporte dos puntos técnicos diferentes: primero, que quede perfectamente encajada en nuestro pómulo y nuestro hombro, formando un bloque compacto con nuestro cuerpo, a la vez que logre situar nuestro ojo siempre en el mismo sitio con respecto a la solista de nuestra escopeta. Y segundo, que la culata tenga unas medidas y diseño que nos facilite realizar el movimiento de encare con facilidad y comodidad.

Las dimensiones de la culata de nuestra escopeta de caza equivalen a la regulación que hagamos sobre el visor de nuestro rifle de caza: mientras que la colocación de nuestro pómulo sobre la culata para fijar nuestro ojo en la posición correcta sobre la escopeta, equivaldrá a cómo realizamos la colocación del visor sobre el rifle, mediante unas buenas monturas. Hay que tener muy claro que nunca deberemos adaptarnos a la culata variando la forma de realizar el encare, sino adaptar la culata a nuestras medidas después de realizar un encare correcto.

Tomar medidas según cómo tiramos

Antes de comenzar a preocuparnos sobre qué medidas vamos a dar a nuestra futura culata, lo primero es observar cómo es nuestra forma de tirar, para lo que contaremos con la colaboración de un profesional del tiro que analice todo lo que hacemos al realizar nuestro swing de tiro.

Esto se deba a que algunos fallos frecuentes, como por ejemplo dejarnos los tiros bajos, pueden ser en cierta medida solucionados aplicando a la culata unas medidas que, aunque no sean las idóneas para nuestra constitución física, sí que pueden solventar algunos de esos fallos.

Una vez que el profesor de tiro haya tomado buena nota de su forma de tirar, será el momento de utilizar una culata de tiro con culata regulable. Con ella el profesor irá variando las medidas de ésta hasta lograr conseguir las medidas exactas y que mejor se adapten al tirador.

Este trabajo debe ser lento y minucioso, ya que con una culata regulable podremos avanzar y retroceder en las medidas cuanto deseemos, pero cuando las traslademos a una culata fija algunas de las medidas serán casi imposibles de rectificar.

Dos métodos para saber cómo nos queda la escopeta

Un método para conocer cómo nos queda una escopeta es contar con la colaboración de un armero o profesor de tiro, que se colocará frente a nosotros cuando tenemos la escopeta encarada. Desde esta posición podrá apreciar cómo queda nuestro ojo con respecto a la solista de la escopeta.

Después, colocándose en un lateral, comprobará si la longitud de la culata es la idónea, algo que también debe verificar observando cómo encaramos y desencaramos el arma.

El otro sistema es muy sencillo: basta con encarar nosotros mismos el arma con los ojos cerrados, y después abrirlos y ver qué imagen recibimos de la línea de los cañones y, sobre esta imagen, hacer las correcciones adecuadas para que el ojo quede alineado.

Este segundo sistema es muy interesante e incluso complementario al anterior, ya que nos indica cómo realmente ponemos la cara al efectuar nuestros disparos, mientras que si el encare lo hacemos con los ojos abiertos, en cierta forma, mediante el encare, y sin quererlo, nos adaptamos nosotros a la culata.

¿Cómo realizar las mediciones de la culata?

La longitud de la culata es la distancia que existe desde el gatillo hasta el centro de la cantonera. Esta medida es muy importante para varios puntos técnicos del encare, como subir la culata con facilidad a la cara, que la escopeta no nos golpee demasiado en su retroceso o que nuestro ojo quede a la altura correcta. Además, nuestro brazo debe quedar cómodamente colocado con el ángulo aproximado de unos 90º.

Mediante la longitud de la culata debemos conseguir que nuestro pómulo, cuando la escopeta esté encarada, se sitúe en el primer tercio de los tres que miden la longitud total del lomo de ella. La longitud de la culata dependerá tanto de la longitud de los brazos como de la longitud del cuello del tirador.

Además habrá que tener en cuenta si con ese arma vamos a practicar modalidades de tiro encarado previamente (trap o hélices), o modalidades en las que se pide desencarado, (skeet, recorridos de caza o la propia caza). Y por supuesto, probar la medida de la culata con una cantidad de ropa similar a la que llevaremos cuando vayamos a usar nuestro arma.

Para medir la caída de la culata y su altura tomaremos la distancia que hay desde el talón de la escopeta a la línea imaginaria de la solista del arma sobre la culata y, a continuación, midiendo la distancia existente entre la cresta de la culata y la línea imaginaria de la solista sobre ella.

Estas medidas nos indicarán el punto de apoyo sobre el hombro, que dependerá de la longitud del cuello y de la altura de nuestro ojo sobre la solista, la cual a su vez dependerá de la altura de nuestros tiros con respecto al punto que señale nuestro punto de mira.

Por último, mediremos la desviación de la culata en sentido horizontal sobre la solista del arma. A esta desviación de la culata se le denomina ventaja, que puede ser positiva para los diestros (cast off), o negativa para los zurdos (cast in).

La ventaja de nuestra culata sirve para que el tirador, realizando un buen encare, logre que su ojo quede situado perfectamente alineado con la solista; de no ser así, los tiros irían desviados a la derecha o a la izquierda, dependiendo de cómo quede nuestro ojo situado con respecto de la solista del arma. La corrección de la ventaja podemos hacerlo fácilmente encarando la escopeta con los dos ojos cerrados, como hemos explicado antes.

La importancia del trabajo del armero

Todas estas medidas deberán quedar anotadas en una ficha, para que con ellas el armero tenga suficiente información para poder plasmar todas estas medidas en un trozo de buena madera de raíz.

De esta forma, si una vez acabada la culata no es de nuestro gusto, no podremos reprochar al armero que nuestra escopeta nos queda mal o que no es lo que le hemos pedido, ya que nuestras medidas estarán reflejadas en la ficha, al igual que si nos queda mal y no mantiene la información facilitada, será el armero el encargado de rectificar su trabajo.

Respecto al trabajo del armero, se trata de una labor que se debe realizar con esmero y paciencia, para lo que conviene dejarle trabajar sin agobios y no meterle prisa. Es importante resaltar al armero nuestro deseo de que la culata vaya siempre acompañada de una cantonera que nos ofrezca una buena amortiguación del retroceso y que a la vez nos permita realizar el encare sin incómodos enganchones en nuestra ropa.

El consumo y la caza

En este tiempo que nos invade, lo que priva es el consumo, y si éste no se produce, parece que todo funciona mal, mensaje repetido todos los días por los medios escritos, radiofónicos y visuales.

Si no vas de compras a un «macro-centro comercial» eres un bicho raro o no estás en la onda. A nuestra juventud les parece lugar idóneo para ir con amigos, tomar algo de comida rápida y visualizar los últimos modelitos de ropa o de artefactos electrónicos e informáticos… Compras de cosas efímeras, que a los pocos días se olvidan o se almacenan en algún lugar de la casa sin que realmente se les dé un uso práctico y que al final quedan en el baúl de los recuerdos Se ha cambiado el paisaje del campo por el urbanita, hasta las gentes de los pueblos rurales emigran en fin de semana en busca de la ganga que comprar, o simplemente a pasar el rato, la cuestión es consumir lo que sea, ¡si no, no perteneces a este mundo!

Desgraciadamente, esta cultura del consumo invade el mundo de la caza. Lo que más prima es quién abate más número de piezas en el menor tiempo posible y de la forma que sea. No importa el lance, ni los compañeros, ni el campo —algunos no saben distinguir una amapola de un cenizo—, ni los actores principales que son los animales salvajes. ¡Da igual! Lo que importa es la cantidad, aunque sea tres jabalíes de un «cercón» de 400 hectáreas, o siete perdices soltadas dos horas antes en el campo, o un venado que ha estado alimentando artificialmente todo el año.

¿Por qué se producen estas actitudes? Lógicamente porque hay una demanda fuerte, que proviene de la cultura del consumo, avidez extrema de piezas y competitividad que representa vivir en la sociedad actual. Ello conlleva a la comercialización de la caza y por tanto a la degradación de la misma. No se caza para compartir afición, gestión, sabiduría y cultura. ¡No! Lo importante son los números y el trofeo.

Se ha cambiado la visión del campo; antes, el entorno rural era el marco de vida, todo giraba sobre él. Ahora es un medio que visitamos unas horas, sobre un «todo terreno» que nos transporta hasta el mismo puesto, y que muchas veces no apreciamos en todas sus facetas. El campo cada vez es más desconocido, incluso para los que ahora vienen a vivir a él.

Queremos en muy poco tiempo extraer todas sus sensaciones, y esto es imposible de conseguir en una visita de cuatro horas y unos pocos fines de semana al año. Añoro esas gentes sencillas, que conocen palmo a palmo su territorio, en qué lugar crían las perdices, cuándo vuelan y dónde se ponen a tiro de escopeta. Esto se aprende con el tiempo y después de muchas horas tras ellas o simplemente viéndolas corretear por los campos todos los días.

Por eso cazar es algo distinto: cultura, sabiduría, sencillez, naturaleza, olores, visiones, complejidad, amigos, fuego, amistad… esa gente que después de toda la mañana de esfuerzo vuelve a casa con una sonrisa, dos perdices, un conejo o vaya usted a saber. Que disfruta el campo y, lo más importante, nos acompañan con sus conocimientos. Cuando estoy con ellos se me olvida que ese «mundo de consumo» existe… y no tengo ganas de volver a él.